Despertar como un mural en blanco, sin manchas, sin dibujos, sin palabras, ni un solo tono de color más intenso que un simple blanco.
Andamos buscando trazos que pintar, escribir o simplemente que manchar con un único motivo, vivir.
Líneas, letras, garabatos y miles de formas sin sentido, es el inicio encantador y peculiar que todos hemos obtenido, hasta que la fuerza de la naturales quiere formar parte de nuestra pequeña obra de arte. Justo aquí, donde acaba lo simple y sencillo. nuestro trabajo comienza a luchar contra cosas que nunca se podrán eliminar.
Los colores se hacen más fuertes, verdes, naranjas, azules, negros, rojos... malditos rojos. Cada uno de ellos forma parte de nuestra vida, creación, vivencias, sentimientos y un largo etcétera, pero no todos los vemos, yo los llamo colores invisibles, son aquellos a los que no queremos darle valor o sencillamente nunca dejamos de ver esos colores intensos, esos que son pintados con tinta imborrable, y que cada uno tiene marcados en grande dentro de su obra de arte.
Mi obra aun tiene mucho que contar, huecos blancos ocupan aun mi mural, aun así, gran cantidad de colores muestran mi lucha contra la naturaleza, esa que aun me permite no usar ese tono negro que nos recuerda a las personas que hemos perdido y el marrón despiadado que nos lleva a enfermar. Sé que tarde o temprano ambos llegarán, aunque tengo preparado el azul, el color que mi familia me ha proporcionado, para poder pintar encima de dos colores que nadie quiere mirar.
Naranja, verde, amarillo, colores vivos que cada día me permito decir que puedo utilizar, esos conllevan la amistad, la paz y millones de cosas de intocable valor. Y tarde o temprano nos llega el rojo, ese que guardamos para los latidos de nuestro corazón. Mi rojo es muy intensos en algunos momentos, pero se ha apagado con el tiempo, un rojo que se torna marrón produciendo más tristeza que su papel, felicidad.
Ver los dibujos, letras y garabatos rojos apagarse no es algo que sea fácil, sentir como se te escapa algo que te ha producido tanta felicidad y que parece enfermar. Esa enfermedad que te corrompe, te agota y te hace dejar de ser feliz en ciertas épocas de tu vida. Luchas con todas tus fuerzas para que ese color vuelva a iluminarse, pero quizás la persona que te hizo usar ese color no sea consciente de que provoca el dolor que actúa con mayor fuerza en mi obra de arte.
¿La solución es borrar por completo ese color rojo y volver a empezar? Yo no lo sé y tampoco soy capaz de averiguarlo, el miedo a no volver a pintar nada en ese tono me echa a temblar o el simple caso de equivocarme.
El rojo en realidad siempre va a aparecer, destellos del mejor color que podemos utilizar creo que me vuelven a aparecer, pero no con la persona adecuada, ya que para que verdaderamente se quede marcado en nuestros murales ambas personas deben de maquillar su mural a la misma vez.
Nuestra obra de arte siempre quedará e la memoria de toda aquella gente que forma parte de él.
Andamos buscando trazos que pintar, escribir o simplemente que manchar con un único motivo, vivir.
Líneas, letras, garabatos y miles de formas sin sentido, es el inicio encantador y peculiar que todos hemos obtenido, hasta que la fuerza de la naturales quiere formar parte de nuestra pequeña obra de arte. Justo aquí, donde acaba lo simple y sencillo. nuestro trabajo comienza a luchar contra cosas que nunca se podrán eliminar.
Los colores se hacen más fuertes, verdes, naranjas, azules, negros, rojos... malditos rojos. Cada uno de ellos forma parte de nuestra vida, creación, vivencias, sentimientos y un largo etcétera, pero no todos los vemos, yo los llamo colores invisibles, son aquellos a los que no queremos darle valor o sencillamente nunca dejamos de ver esos colores intensos, esos que son pintados con tinta imborrable, y que cada uno tiene marcados en grande dentro de su obra de arte.
Mi obra aun tiene mucho que contar, huecos blancos ocupan aun mi mural, aun así, gran cantidad de colores muestran mi lucha contra la naturaleza, esa que aun me permite no usar ese tono negro que nos recuerda a las personas que hemos perdido y el marrón despiadado que nos lleva a enfermar. Sé que tarde o temprano ambos llegarán, aunque tengo preparado el azul, el color que mi familia me ha proporcionado, para poder pintar encima de dos colores que nadie quiere mirar.
Naranja, verde, amarillo, colores vivos que cada día me permito decir que puedo utilizar, esos conllevan la amistad, la paz y millones de cosas de intocable valor. Y tarde o temprano nos llega el rojo, ese que guardamos para los latidos de nuestro corazón. Mi rojo es muy intensos en algunos momentos, pero se ha apagado con el tiempo, un rojo que se torna marrón produciendo más tristeza que su papel, felicidad.
Ver los dibujos, letras y garabatos rojos apagarse no es algo que sea fácil, sentir como se te escapa algo que te ha producido tanta felicidad y que parece enfermar. Esa enfermedad que te corrompe, te agota y te hace dejar de ser feliz en ciertas épocas de tu vida. Luchas con todas tus fuerzas para que ese color vuelva a iluminarse, pero quizás la persona que te hizo usar ese color no sea consciente de que provoca el dolor que actúa con mayor fuerza en mi obra de arte.
¿La solución es borrar por completo ese color rojo y volver a empezar? Yo no lo sé y tampoco soy capaz de averiguarlo, el miedo a no volver a pintar nada en ese tono me echa a temblar o el simple caso de equivocarme.
El rojo en realidad siempre va a aparecer, destellos del mejor color que podemos utilizar creo que me vuelven a aparecer, pero no con la persona adecuada, ya que para que verdaderamente se quede marcado en nuestros murales ambas personas deben de maquillar su mural a la misma vez.
Nuestra obra de arte siempre quedará e la memoria de toda aquella gente que forma parte de él.
Sergio Sarmiento López
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