Siempre nos centramos en lo tangible, en lo que podemos tocar, utilizar o gastar. Fijamos un precio para todo, algo bastante absurdo, queramos o no el dinero no lo compra todo. Nos olvidamos de lo bonito de la realidad, de lo bonito de las sensaciones, de los sentimientos, de las miradas a escondidas.
Nos olvidamos de la sensación de meternos de cabeza en el agua y sentir como cada poro de la piel se empapa de felicidad, de como parece que volamos cuando el viento nos acaricia el pelo, cuando nos acaricia el alma. Se nos olvida darle importancia a lo importante y recordamos demasiado como hacer feliz al mundo, abstrayéndonos totalmente de nuestra humana felicidad.
Dónde quedó la sensación de libertad al subir una montaña o al bucear en el mar, dónde quedaron las ganas de parar de reír porque tu barriga no aguantaba más, la compañía de un buen amigo con el que recordar momentos, locuras.
Por qué no nos dejamos llevar, por qué no hacemos locuras sin darle mil y una vueltas a las consecuencias, por qué no hacemos lo que realmente nos apetece.
Ver el amanecer, saltar de alegría, bailar bajo las estrellas sin música, cantar una canción gritando en una sala abarrotada sabiendo que realmente nadie te oye, tomarnos una cerveza frente al mar, saboreando su brisa. Como olvidarnos de el olor a mar cuando te acercas al paseo o esa sensación de despertarte escuchando las gotas caer, abrir la ventana y que entre en ti el olor de la tierra mojada.
Donde dejamos esa sensación que nos produce dormir abrazados a la almohada y que entre el fresco por la ventana, la sensación de coger un avión sin saber el destino o de enterarte del destino dos días antes, llegar a un lugar donde nunca antes has estado y que tus ojos simplemente brillen de felicidad por descubrir algo nuevo para ti. Por qué olvidamos lo que sentimos cuando aprendemos a hacer algo nuevo, algo que realmente queríamos aprender y que gracias a nuestro propio esfuerzo hemos conseguido. Dormir 5 minutos más y aún así madrugar y que el aire del amanecer te roce la nariz.
Y es que no valoramos realmente todo lo maravilloso que tenemos, todas esas cosas que no tenemos que comprar, que ni si quiera tenemos que sufrir para tenerlas. No valoramos lo que la vida nos regala y así nos va, gente con bolsillos llenos y con caras agrias, mientras otros, como yo, disfrutamos de la sabiduría de la vida, disfrutamos de ella y simplemente improvisamos en este teatro de la vida.
Nos olvidamos de la sensación de meternos de cabeza en el agua y sentir como cada poro de la piel se empapa de felicidad, de como parece que volamos cuando el viento nos acaricia el pelo, cuando nos acaricia el alma. Se nos olvida darle importancia a lo importante y recordamos demasiado como hacer feliz al mundo, abstrayéndonos totalmente de nuestra humana felicidad.
Dónde quedó la sensación de libertad al subir una montaña o al bucear en el mar, dónde quedaron las ganas de parar de reír porque tu barriga no aguantaba más, la compañía de un buen amigo con el que recordar momentos, locuras.
Por qué no nos dejamos llevar, por qué no hacemos locuras sin darle mil y una vueltas a las consecuencias, por qué no hacemos lo que realmente nos apetece.
Ver el amanecer, saltar de alegría, bailar bajo las estrellas sin música, cantar una canción gritando en una sala abarrotada sabiendo que realmente nadie te oye, tomarnos una cerveza frente al mar, saboreando su brisa. Como olvidarnos de el olor a mar cuando te acercas al paseo o esa sensación de despertarte escuchando las gotas caer, abrir la ventana y que entre en ti el olor de la tierra mojada.
Donde dejamos esa sensación que nos produce dormir abrazados a la almohada y que entre el fresco por la ventana, la sensación de coger un avión sin saber el destino o de enterarte del destino dos días antes, llegar a un lugar donde nunca antes has estado y que tus ojos simplemente brillen de felicidad por descubrir algo nuevo para ti. Por qué olvidamos lo que sentimos cuando aprendemos a hacer algo nuevo, algo que realmente queríamos aprender y que gracias a nuestro propio esfuerzo hemos conseguido. Dormir 5 minutos más y aún así madrugar y que el aire del amanecer te roce la nariz.
Y es que no valoramos realmente todo lo maravilloso que tenemos, todas esas cosas que no tenemos que comprar, que ni si quiera tenemos que sufrir para tenerlas. No valoramos lo que la vida nos regala y así nos va, gente con bolsillos llenos y con caras agrias, mientras otros, como yo, disfrutamos de la sabiduría de la vida, disfrutamos de ella y simplemente improvisamos en este teatro de la vida.
Agradecimiento a esas personas que han compartido conmigo sus mayores sensaciones.
Be happy

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